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Sede de la Conmebol en Luque y monumento a la pelota.

Paraguay debe ser el único país del mundo que rinde homenaje a la pelota con un monumento al costado de una autopista que conduce a su principal puerto de aerolíneas. Más de un mil extranjeros lo han visto y millones de paraguayos también sin lugar a dudas. El monolito está en Luque, una ciudad que se jacta ser la capital del fútbol sudamericano.

No es para menos. La idolatría a la pelota en esta pequeña nación se transmuta en muchas esferas de la vida cotidiana: en lo social, en lo político y en lo económico. En este territorio, su gente confunde –aupado por el brand-management de los sponsors– los colores de la bandera patria con los colores de la camiseta oficial de la selección mayor de fútbol.

Algunos expertos entienden que el fútbol nació en el Paraguay, en la época de las reducciones jesuíticas, durante el periodo colonial cuando la estratificación social se componía de encomenderos y de esclavos, así nomás. En realidad, la pelota –no en la forma que conocemos ahora– era muy útil en aquella etapa: servía para salvar la corriente de un río o de un arroyo.

No estamos seguros que “su majestad el fútbol” (como dice un presentador de tevé) haya surgido en estas tierras. Pero con certeza podemos decir que la globalización cultural y económica de este deporte -que involucra a 22 jugadores durante 90 minutos detrás de un balón- tiene su máxima expresión en el corazón de América del Sur.

Eloy Altuve, de la Universidad  de Zulia, estudia particularmente el origen de los deportes “profesionales” en el mundo. En su libro “Deporte, el modelo perfecto de globalización” (2002) explica que el nacimiento de federaciones deportivas nacionales coincide con el desarrollo tecnológico y la expansión del capital (p. 28).

“El siglo XX ha sido el de la transnacionalización del capitalismo industrial, destacándose como aspecto crucial que el Estado-Nación dejó de ser la unidad predominante para la planificación, desarrollo y aplicación de las políticas económicas y sociales” (p. 43), escribe Altuve en su trabajo publicado por el Centro Experimental de Estudios Latinoamericanos de Venezuela.

Hasta el 25 de junio de 2015, la sede de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) gozaba de inmunidad diplomática en el Paraguay, cuando la Justicia allanó su sede en Luque en búsqueda de documentos que prueben los errores cometidos por su titular, Nicolás Leoz, hoy fallecido. Aquel año, el Senado paraguayo festejó el hecho de haberle quitado el privilegio a la Conmebol.

No sé qué dirán ahora los representantes de la Cámara Alta de Paraguay. La matriz del fútbol de Sudamerica anunció en abril pasado que consiguió en “donación” una cantidad suficiente de vacunas contra el Covid-19 de parte de la farmacéutica china Sinovac Biotech Ltd. por encima de cualquier disposición, control o resolución de los estados nacionales de donde provienen las asociaciones que la componen.

La Conmebol además elaboró su propio protocolo de distribución de las vacunas a sus asociados así como su aplicación prioritaria a todas las personas del entorno del fútbol, jugadores, árbitros, personal operativo y administrativo. Los compuestos biológicos llegaron por supuesto a Asunción muy pronto. El fin de semana pasado los diarios reprodujeron el cuadro de un emblemático seleccionado cuando recibía una dosis del antígeno.

No se trata de inutilidad del Gobierno en la gestión de adquisición de vacunas para su población solamente, sino una demostración fáctica del poder por parte de un agente supranacional. Esto explica en definitiva quién tiene el poder y cómo la política económica y cultural del fútbol irrumpió sobre la identidad nacional.

Pelotas hay muchas en Quiindy para comprar. Pero más como éstas aparecen cuando se celebra la dispensa de unos pocos mientras otros se mueren por falta de vacuna. Mi amigo periodista Oscar Areco está en UTI en este momento como consecuencia de estas diferencias. La falta de acceso a vacunas ha redefinido a la sociedad paraguaya en clases sociales. La clase que está en Miami o en una cancha. La clase que está trabajando con el corazón quebrantado y la clase que se muere sin salir en los medios.

(*) Doctor en Educación Superior, máster en comunicación estratégica

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